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El País, Outubro de 2016

21.10.16

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José Luis Peixoto, considerado uno de los grandes escritores actuales de una tierra de grandes escritores —Portugal— estuvo en Uruguay (en Rivera y en Montevideo) a presentar Cementerio de pianos editada por la uruguaya Casa Editorial Hum que ya le había editado Historias de nuestra casa en 2009.

Durante su visita a Montevideo, en la que estuvo en el Filba y en la Feria Internacional del Libro, Peixoto —quien nació en 1967 en Galveias, cerca de la frontera con España, por lo tanto habla en un español más que decente— charló con El País.

 

—Hace 10 años que publicó Cementerio de pianos. ¿Cómo es su vínculo con ese libro?

—Habla de aspectos muy personales y con los cuales me vinculo de una manera muy íntima. Es un libro que trae todo el tema de la familia y que cuando lo escribí en algunos puntos muy relevantes lo trabajé desde mi propia experiencia. Por eso sigue teniendo mucha importancia y algunos aspectos son etapas de un camino que me hizo llegar a donde estoy. Es muy fácil hablar de él.

 

—¿Por dónde empezó con esta novela? ¿Con la historia, con la forma?

—Es una novela que escribí en dos momentos. Tenía un punto de partida que es el primer capítulo con un narrador que habla de su muerte que se superpone con un nacimiento. Después todo lo que es del nivel de la ficción, lo elaboré a partir de ese inicio. La escribí con algunos aspectos muy determinados pero llegué a un punto donde me quedé atrapado en cuestiones como la dimensión histórica de Francisco Lázaro. Así que volví a escribir todo más centrado en el núcleo de la novela que tiene que ver con cuestiones que no son la descripción biográfica de Lázaro, a quien, además, saqué de su tiempo histórico.

 

—Alguien ha dicho que su literatura "huele" a Juan Rulfo. Más allá de lo feo de la imagen, ¿usted siente que en esas voces de los muertos, por ejemplo, hay algo de Rulfo en Cementerio de pianos?

—Escribí mi primera novela muy joven y la publiqué a los 26. Y ya entonces se hablaba de una influencia de Rulfo. Y yo no lo conocía. Así que lo empecé a leer (lo primero fue Pedro Páramo) y quedé muy impactado. Para esta novela ya tenía consciencia de Rulfo, un escritor que a mí me dice mucho. No sólo por eso de las voces, sino por su ruralidad elemental y mitológica. Para mí es muy elogioso que me comparen con Rulfo, pero es cierto que todos los libros que uno absorbió son influencias para bien o para mal.

 

—A veces no se es consciente de lo importante que es la cultura portuguesa. En el cine están Miguel Gomes, Pedro Costa, antes Manoel De Oliveira. En la literatura Pessoa, Saramago, Lobo Antunes. ¿Por qué se da eso?

—Hay una tradición muy fuerte y es un poco como en Cementerio de pianos donde están los padres y los hijos y las generaciones dan lugar unas a las otras. Eso tiene algo que ver. Es verdad que las generaciones anteriores son de gran calidad y cuando uno ve un Fernando Pessoa en una literatura es una señal...

 

—¿Y no es un peso?

—No creo. Igual para cualquier escritor en cualquier parte del mundo escribir y publicar siempre es una osadía. Es ponerse al lado de cosas del pasado pero también del presente porque los libros siguen ahí. Publicar un libro nuevo siempre es tener esa ambición de afirmar que ahí hay algo para acrecentar lo que ya existe, que es distinto y que vale la pena. En el caso de Portugal, es importante considerar esa herencia: no se puede escribir en portugués ignorando a esos maestros.

 

—Y no hay una actitud parricida.

—Nunca la tuve. No sé por qué. Históricamente hay un aspecto muy curioso sobre mi generación: nacimos en los años del fin de la dictadura y en un cambio muy grande en la sociedad portuguesa. Crecimos en una época en que Portugal cambió muchísimo y ese fue el parricidio. Fue natural.

 

—Usted publicó Dentro del secreto, su crónica sobre un viaje a Corea del Norte. ¿Cómo fue eso?

—Me interesó como desafío. No solo el tema sino la manera de tratarlo ya que tiene una diferencia muy grande con mi literatura que es muy personal y ligada a la familia, a mi espacio de origen y a esa realidad rural. Alrededor de 2011, después de publicar Libro, tenía ganas de hacer algo diferente y se me ocurrió ir a Corea del Norte. Describe un viaje que en realidad son cuatro viajes, que habla de la realidad de ese país tan lejano, diferente, y que genera tantas dudas pero también de nosotros, de cómo vemos al otro, incluso de cómo interpretamos la información y cómo determina lo que imaginamos del mundo.

 

—Usted viene del Portugal rural y eso es una presencia en su obra. ¿Es una mirada nostalgiosa?

—De alguna manera sí. Tiene que ver con dos aspectos. Uno es que yo salí ahí y de adolescente era lo que quería, pero después que lo hice pude reconocer las cosas buenas que tenía y que perdí al irme.

 

—¿Y una nostalgia por otro Portugal?

—Hay una reflexión sobre el Portugal del interior. Somos un país desequilibrado con un desarrollo distinto en el litoral y el interior cada vez más envejecido y sin esperanza. Es muy duro cuando voy a mi pueblo y veo que el año pasado murieron alrededor de 50 personas y nacieron dos. Y eso que es un pueblo que mantiene una escuela, pero los otros ya no tienen niños. Yo tengo la oportunidad de llamar la atención de que si hay una visión de todo el territorio, todos vamos a ganar. Y desde lo cultural, ahí hay mucho que necesitamos como portugueses: ahí está lo que nos hace ser nosotros.

 

 

Un autor elogiado con una novela a atender

José Saramago dijo que "Peixoto es una de las revelaciones más grandes de la literatura portuguesa".

 

Más allá de elogios de un Nobel, Cementerio de pianos, una historia familiar en varios tiempos —que incluye al corredor olímpico portugués Francisco Lázaro, muerto en los juegos de 1912— está muy bien y muestra a Peixoto como un gran autor. Saramago tenía razón.

 

CEMENTERIO DE PIANOS

Autor: José Luis Peixoto Editorial: Casa Editorial Hum

 

 

 

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Babelia, El País, 15 outubro 2011

12.05.14

UN PASO ADELANTE

EL PAÍS, BABELIA, 15/10/2011

CRITICA DE ANTONIO SÁEZ DELGADO 

 

LIBRO MARCA un punto de inflexión fundamental en la obra narrativa de José Luís Peixoto (Galveias, Ponte de Sor, 1974), el escritor de la nueva literatura portuguesa más divulgado fuera de sus fronteras, junto con GonçaloM. Tavares. Sus novelas han venido siendo publicadas en España, desde que Hiru presentase Nadie nos mira (2001) y la Editora Regional de Extremadura el relato Te me moriste (2004), gracias al trabajo de El Aleph, en cuyo sello Peixoto ha visto publicados todos sus restantes títulos: Una casa en la oscuridad (2008), Cementerio de pianos (2009) y este sorprendente Libro. Por todo ello, el escritor no es un desconocido para los lectores atentos a la literatura portuguesa, como tampoco lo es para los de la veintena de países donde sus obras son traducidas con regularidad.

 

Si el registro narrativo habitual de José Luís Peixoto venía marcado por un arraigado lirismo que convertía sus historias en profundas parábolas, en Libro parece haber dado un paso adelante hacia unamayor concisión y sobriedad estilística, con una novela que, no obstante, está condicionada de forma determinante por su estructura interna. Porque Libro cuenta con dos partes bien diferenciadas: una primera, la más extensa, donde se narra una historia bajo una perspectiva realista, y que toma como centro la emigración de la población rural portuguesa a Francia en los años sesenta del siglo XX.

Esta primera parte es una estupenda novela en sí misma, desarrollada con talento y escrita con elegancia, un relato construido con técnica cinematográfica si queremos, con numerosos saltos temporales y una estructura profundamente fragmentada. La segunda parte, sin embargo, cambia el registro, y se convierte en una especie de proceso de deconstrucción de la primera, desvelándonos de forma abierta, a menudo entre la novela y el ensayo, el retrato del narrador (llamado como la propia novela, Libro) que escribe la primera parte del volumen. Son páginas sorprendentes en la trayectoria narrativa de su autor, no exentas de rigor pero que se sitúan al borde del derroche intelectual de eso que llamaríamos posmodernidad (criticada también con ironía por el propio narrador), con algunos excesos probablemente prescindibles, pero que no empañan el ambicioso proyecto de este Libro, llamado a convertirse en la novela sobre la emigración escrita por la nueva generación de escritores portugueses, aquellos que no vivieron la Revolución de los Claveles ni las guerras coloniales, pero que partieron de niños o vieron partir muy cerca de ellos a sus seres queridos hacia Francia.

 

Con estos ingredientes, Peixoto articula un interesante discurso sobre la identidad y la orfandad, y elabora en paralelo un maravilloso retrato psicológico del mundo rural portugués que protagoniza, realmente, la historia. Como si metiésemos en una coctelera ingredientes de Lobo Antunes, Saramago y algo de Vergílio Ferreira y Urbano Tavares Rodrigues, Peixoto parece mirarse en el espejo de su propia generación, construyendo un puzle narrativo que a nadie dejará indiferente, y que constituye, sin duda, un antes y un después en su propia trayectoria literaria.

 

 

José Luís Peixoto

Traducción de Carlos Acevedo

El Aleph. Barcelona, 2011

256 páginas. 20,50 euro

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Babélia, El País, 15 outubro 2011

12.05.14

"LOS LIBROS TAMBIÉN LEEN A LOS LECTORES"

BABELIA, EL PAÍS, 15/10/2011

ENTREVISTA DE SERGIO C. FANJUL 

 

Es una de las figuras en ascenso de la literatura portuguesa. Y Libro lo confirma, Una obra que aspira a convertirse en la novela de referencia de la emigración rural de su país con una estructura interna realista, descriptiva y metaliteraria

 

José Luís Peixoto nació en una brecha de la historia portuguesa. En 1974, después de la Revolución de los Claveles que puso fin a la dictadura de forma pacífica. En su último libro, una novela que se titula precisamente Libro (El Aleph), escribe sobre lo que ocurrió en su país antes de que él naciera. "Es arriesgado", explica, "porque las personas que vivieron aquello todavía viven, y todavía tienen mucha capacidad de contar su propia historia. A la gente de mi generación siempre nos recuerdan las cosas que no vivimos, la dictadura, la guerra colonial, la emigración. Es una generación definida por algo que no vivió, porque nacimos en el momento en que cambió la historia del país".

Hay dos temas que preocupan, y mucho, a Peixoto: el mundo rural portugués y la emigración, que son los dos ejes en torno a los que se desarrolla la novela. "El mundo rural tiene múltiples aspectos en contraste. Uno puede encontrar la ternura más conmovedora, la sencillez, la bondad (una palabra que hoy en día no se utiliza mucho), pero también se encuentra lo contrario de eso, lo despiadado, acciones muy crudas, muy violentas. Me gustó poder crear algo que tuviese los dos lados, con personajes que no fuesen ni buenos ni malos, sino que, simplemente, tienen sus razones para obrar como obran". Los padres de Peixoto fueron emigrantes en París, en una época en que había en la capital francesa un millón y medio de portugueses buscándose el sustento (lo que suponía un 15% de la población del país). Pero el autor nació cuando regresaron y vivió en un pequeño pueblo del Alentejo hasta los 18 años. "El tiempo en el campo tiene una importancia enorme, se marca de formas múltiples: tienes contacto con los nacimientos, las muertes, con el crecimiento, con lo mejor y con lo peor. No debemos apartarnos demasiado de la naturaleza, somos seres naturales".

 

La primera parte de la novela trata, con un lenguaje no falto de lirismo, de las peripecias (lo conmovedor y lo crudo) de unos personajes que, en los años sesenta, viven en un pueblo portugués y se ven obligados a emigrar. "Los portugueses que emigraron hacia Francia lo hicieron en condiciones muy difíciles, pasando ilegalmente, siendo perseguidos en Portugal por la policía portuguesa, en España por la Guardia Civil, y llegando a Francia en una situación que muchas veces era peor que lo que dejaban. Vivían once meses de muchas privaciones en Francia para luego tener un mes de opulencia en Portugal. La crudeza de la novela tiene que ver con la crudeza de la realidad que trata de retratar. Escribí, además, sobre esta emigración específica pero tuve en cuenta todas las migraciones, todas las cuestiones actuales en este aspecto". Durante unos años, Portugal pasó de ser emisor de emigrantes a receptor de inmigrantes, "aunque ahora vuelve a ser un país de emigrantes, en unas condiciones muy distintas, con un nivel cultural distinto. Durante diez años recibimos inmigrantes del este de Europa, de las antiguas colonias, de Brasil, etcétera. En muchos aspectos la experiencia de la emigración no fue suficientemente asimilada hasta el punto de tener presente la perspectiva de los otros, y no se les trató todo lo bien que se debería. La literatura tiene la oportunidad de darte la perspectiva de los otros. Por eso creo en la necesidad de esta novela. Somos nuestra historia y hay que aceptarla para comprender lo que somos hoy".

 

En la segunda parte (que ocupa las últimas 50 páginas), la novela da un giro radical y se adentra abruptamente en lo metaliterario, lo experimental. El narrador se dirige al lector, se reflexiona sobre lo anterior, el estilo se torna más actual. Lo cierto es que ese tránsito tiene algo de shock, y si alguien no llega a la página 200, donde empieza esta parte, se llevará una impresión muy diferente de la obra. "La novela no sería la misma sin esa segunda parte, es un cambio total en la manera de ver lo que ocurrió antes. Sólo podría ser escrita hoy en día: trata de jugar con la literatura, con la narrativa, de una forma eficaz, que tenga algún sentido, desmontándola al servicio de algo más grande. Hay un momento en el que el libro se torna un personaje más, un ser. En muchos momentos me parece que el libro va a leer también al lector, porque eso también ocurre. Sería interesante pensar qué opinión tienen los libros de nosotros", bromea. "Para mí también fue un shock empezar a escribir esta parte, un desafío. De todas formas, no me gustaría escribir una novela en la que estuviera completamente cómodo: las librerías, las bibliotecas, están llenas de libros, cuando nosotros nacimos ya existían miles de libros, mientras hablamos se publican libros. Cuando publicas un libro estás diciendo: 'Aquí hay algo en lo que me parece que vale la pena que inviertan unas horas de su vida".

 

 

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El País, Babelia,10 Novembro 2007

05.04.14

 

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El País, 3 Maio 2014

04.04.14

Hijos de la revolución del 74

Nietos literarios de Saramago y Lobo Antunes, los novelistas portugueses que rondan los 40 años se alejan del realismo comprometido

La crisis que ha arrasado Portugal, dicen, está demasiado cerca para ser materia narrativa

 

Desumanização, la última novela del exitoso Walter Hugo Mãe (Saurimo, Angola, 1971), uno de los nuevos narradores portugueses más premiados, transcurre en Islandia.Para onde vão os guarda-chuvas(Adónde van los paraguas), el libro que ha consagrado a Afonso Cruz (Figueira da Foz, 1971), se sitúa en un impreciso Pakistán algo fantasmagórico que a veces parece sacado de un cuento de Las mil y una noches. Son dos ejemplos de las más novedosas propuestas de la notable generación actual de escritores lusos que copa los galardones y se hace con los lectores. Algunos los acusan de escapistas. Otros recuerdan su vocación internacional y su suprema libertad de narrar lo que les dicte el alma.

Rondan la cuarentena. Nacieron, pues, en los años setenta y comenzaron a publicar a principios de siglo. Ahora eclosionan. Tienen éxito. No es raro que en la Feria del Libro de Lisboa alguno de ellos tenga una cola de centenares de seguidores a la espera de su firma. Pertenecen a una generación que no vivió la Revolución de los Claveles o que la vivió siendo muy niños. De hecho, es el primer grupo de escritores portugueses liberado por completo del amarre de la memoria de esa casi mitológica fecha, el 25 de abril de 1974, que lo significa todo para Portugal y que sirve de frontera entre el pasado y el presente del país. “No se sienten vinculados a nada, nacieron libres”, asegura la escritora y editora Maria do Rosário Pedreira, responsable del descubrimiento de buena parte de estos escritores. “Durante la dictadura, y mucho tiempo después, Portugal se debatió entre el neorrealismo y el existencialismo. Hasta Lobo Antunes ySaramago. La generación posterior a ellos también consideraba que debía escribir, por así decir, comprometida. Pero estos nuevos autores no. Les caracteriza, precisamente, la falta de necesidad de estar comprometidos, su riqueza de estilos, su mayor preocupación formal, el haber estudiado fuera, el haber vivido hasta tarde en casa de sus padres. Y, literariamente, han sido capaces de recoger las cartas de Lobo y Saramago, barajarlas y repartirlas de nuevo”, añade.

Esta especialista, sin ser muy tajante con las fechas, data el impreciso nacimiento de este grupo en 2001 con la publicación de Nenhum Olhar(traducida al español por Nadie nos mira), de José Luís Peixoto(Galveias, 1974), una narración que transcurre en una aldea del Alentejo profundo, pero con resonancias alegóricas y hasta bíblicas, con una potencia simbólica que la aleja del realismo. Años después, la publicación de la muy premiada Jerusalén, de Gonzalo M. Tavares(Luanda, Angola, 1970), tal vez el autor más internacionalmente reconocido de este pelotón de nuevos narradores, confirmó el advenimiento de un nuevo modo de narrar. La novela describe una sola y alucinada noche de varios personajes que transitan por una ciudad extraña de Centroeuropa. El mismo Tavares acaba de publicar en la traducción al castellano de Viaje a la India (Seix Barral. Versión de Rosa Martínez Alfaro), una novela en verso que narra un viaje a Oriente desde Lisboa.

José Luís Peixoto nació en una pequeña aldea del Alentejo y reivindica para sí —y para su país— tanto su pasado rural como su moderno futuro cosmopolita. Recuerda la visita a los pueblos de su infancia de las denominadas, entonces, “bibliotecas itinerantes”, y de cómo ellas fueron su primer contacto con los libros. Pero también asegura que su generación fue la primera que gozó de una oportunidad clave: “La de escoger caminos específicos y únicos”.

La pobreza es terrible, pero no creo que la literatura sea la mejor manera de reflexionar sobre lo muy contemporáneo

Este escritor, que acaba de publicar un libro de viajes que describe su paso por Corea del Norte, tituladoDentro do Segredo, reconoce que los escritores portugueses encuentran dificultades para mirar hacia su propio país: “Tal vez sea porque Portugal tiene un problema para verse a sí mismo. No sabemos si somos pequeños o grandes. Si somos grandes porque tuvimos un imperio o si somos pequeños porque nos dice latroika lo que tenemos que hacer”. Pero añade que esa tendencia empieza a quebrarse: su última novela, titulada Livro, narra la sufrida inmigración portuguesa al París de los años sesenta y setenta. Y recuerda el caso de la exitosa novela O Retorno, de la escritora Dulce Maria Cardoso, que cuenta el drama de 500.000 personas obligadas a regresar a Portugal de golpe, procedentes de las antiguas colonias lusas, principalmente Angola y Mozambique. No eran del todo portugueses, porque muchos habían nacido en África; pero tampoco eran angoleños o mozambiqueños por completo: de hecho se les expulsó de la tierra en que habían nacido una vez se declaró la independencia. Solo les quedó regresar a una metrópoli con la que no contaban y que no contaba con ellos. La misma Dulce Maria Cardoso, nacida en Angola en 1964, que vivió hasta los 10 años en Luanda, fue uno de ellos, y su obra, más que ajustar cuentas con la historia o los gobernantes o los políticos de entonces, lo hace —generosamente, sin señalar a los buenos y a los malos— con ese tiempo suyo de la infancia, muchos años después. Los personajes sienten nostalgia por una patria perdida irremediablemente, Angola, pero también por la madre patria idealizada que no aguantó el cara a cara y en la que, a pesar de todo, tuvieron que refugiarse. Todo esto está contado con realismo, ritmo e inteligencia por un adolescente listo, amedrentado, extrañado, espabilado, ligón y valiente, que ve su mundo tambalearse sin que a su lado se levante otro fiable.

El éxito de la novela de Cardoso (varias ediciones, miles de ejemplares vendidos, multitud de artículos sobre el asunto) indica la necesidad de Portugal por este tipo de historias-espejo, pero la escritora confesó a este periódico hace tiempo que había necesitado todos estos años para poder abordar seriamente el asunto.

Peixoto sostiene que, a pesar de su atmósfera onírica, en todos sus libros habla de Portugal. “Incluso cuando me voy a Corea y describo Corea, escribo de Portugal, del negativo de Portugal. Es cierto que en los años noventa, el país quiso dejar atrás su imagen de tierra atrasada. Pero esa mujer de negro que aún habita en nuestras aldeas no es una extraña para nosotros. Es la madre de nuestra madre: es nuestra abuela”.

Y sin embargo, muchos echan en falta que este puñado de escritores modernos, atentos a la realidad, implicados en las redes sociales y en los periódicos, amigos entre ellos, no se impliquen más en el tema por excelencia que hoy por hoy atraviesa Portugal: la crisis económica que lo ahoga todo o casi todo y que hace que los portugueses vivan cada día un poco peor. “Es cierto que estamos viviendo un momento terrible. Por la pobreza que se ve y por el desempleo. Y yo estoy muy afectado, claro, como todos. Pero no creo que la literatura sea la mejor manera de reflexionar sobre lo muy contemporáneo. Aún no ha llegado la novela de la crisis, pero llegará”, dice Peixoto. “Son muy creativos, muy artistas. Se preocupan más de su historia que de la historia. Pero están dotados para cambiar de blanco. Y no me extrañaría que lo hicieran”, añade Maria do Rosário Pedreira.

Clara Capitão, la directora editorial de Alfaguara en Portugal, coincide también en ubicar esta crisis demoledora demasiado encima del momento actual, demasiado presente, para que sirva de material literario. “Pero eso no quita para que este grupo de escritores no se muestre muy crítico con las políticas de austeridad y con la situación del país. Escriben en periódicos y en revistas, y ahí son muy activos, como son muy activos, por ejemplo Peixoto o Hugo Mãe, en sus cuentas personales de Facebook”, añade. Capitão recuerda, por otra parte, que uno de los libros más reconocidos de esta generación, La máquina de hacer españoles, de Walter Hugo Mãe, no deja de ser una reflexión sobre el modo pesimista de ser portugués, escrita con el sello personalísimo y melancólico del autor. Esta editora asegura que, sea como fuere, es una generación de escritores jóvenes muy traducidos fuera de Portugal, que se consideran nietos por igual de José Saramago y de António Lobo Antunes.

Lisboa es como Londres o Madrid: los mismos muebles de Ikea, la misma gente que lleva las mismas zapatillas…

Afonso Cruz, como otros muchos escritores de esta generación, no es solo narrador, sino ilustrador, dibujante de películas, de dibujos animados, pintor y músico, entre otras cosas. Vive con su familia en un pueblo perdido del Alentejo remoto, cerca de la frontera con España, pero viaja a menudo por todo el mundo y ha pasado buena parte de su vida viajando. Su último libro, el rotundo Para onde vão os guarda-chuvas le ha reportado un buen puñado de lectores además de un conjunto de buenas críticas. Es un relato extemporáneo, extraño, largo, de 600 páginas divididas en capítulos muy cortos: narran la pérdida de un hijo por parte de un vendedor de alfombras de un país parecido al Pakistán contemporáneo a manos de un pelotón de soldados norteamericanos pagados por un mafioso. Un hindú aconseja al vendedor de alfombras que para restañar la pena que le hunde en la depresión debe adoptar un hijo… de nacionalidad norteamericana. En la casa del comerciante, en una mezcla algo esquizofrénica, residen, además del comerciante y del hijo adoptivo, un primo derviche mudo y sin pelo y una hermana loca por conseguir un marido que le regale un par de zapatos de tacón de aguja. A todo esto hay que añadir parábolas orientales, asesinatos, relatos realistas de la explotación de niños, y decenas de golpes de humor y de rabia. “La idea viene de la respuesta que Gandhi le dio a un hindú que le preguntó qué podía hacer después de que un musulmán le matara a su hijo. Gandhi le respondió que adoptara un niño musulmán. Es una manera de superar eso de ojo por ojo y diente por diente”, dice Cruz. El escritor, en una cafetería céntrica de Lisboa procedente de su pueblo, de paso hacia Macao asegura que, en su opinión, las causas aparentemente lejanas no están en realidad tan lejos: “No puedo jerarquizar el valor de las vidas humanas. Eso de que valen más las que están más cerca, no va conmigo. Y un problema en Pakistán o en Irak también es un problema aquí. No solo lo son los desempleados de Portugal, sino los esclavos de África o de Oriente Próximo”. Para Cruz, el mundo se ha estrechado, las ciudades han dejado de ser particulares y únicas, y han pasado a ser todas muy parecidas, perdiendo en el camino su propia identidad: “Por eso es difícil definir lo que es Portugal. Porque Lisboa es parecida a Londres o Madrid, con los mismos muebles de Ikea, con la misma gente que lleva las mismas zapatillas, que come casi lo mismo. Después de haber viajado tanto, la portugalidad pasa a ser menos importante”, añade.

João Tordo (Lisboa, 1975) es autor ya de siete novelas, de temas muy diferentes. Alguna de ellas, como Anatomia dos Mártires, aborda precisamente la aparente abulia o indiferencia política de su propia generación. Por un lado se confiesa tan portugués “como de cualquier otra parte”. De hecho, ha vivido en Londres y en EE UU y, como sus compañeros de generación, viaja mucho. Así, sus novelas se localizan tanto en Portugal como en cualquier otra parte. Pero también asegura que solo comenzó a comprender su propio país cuando residió fuera de él: “Somos un pueblo que se lamenta del pasado y que tiene miedo del futuro. Y eso nos impide ver el presente”. Y añade: “Jamás vi tanta pobreza a mi alrededor, tantas tiendas cerradas. Lisboa, con sus restaurantes y sus turistas, constituye tal vez un oasis. Pero más allá de la crisis económica, lo que me asusta más es una suerte de crisis espiritual. Nuestro Gobierno solo habla de números, nuestros gobernantes son solo contables. Y este discurso aplastante nos impide, otra vez, ver el presente. Es como si viviéramos con unas orejeras de burro. Tal vez tengamos la obligación de volver a ser escritores comprometidos”.

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